Diferentes en nuestra historia, cultura y circunstancias de vida, pero semejantes en nuestras necesidades fundamentales, compartimos una realidad que ninguna persona puede ignorar: nuestra condición humana de fragilidad e interdependencia. Vivimos conectados en un mismo planeta y sujetos a las mismas leyes naturales que hacen posible nuestra existencia.

Desde el instante en que nacemos, establecemos una relación directa e indirecta con la naturaleza y con la geografía del gran cosmos global. Nuestra supervivencia depende de esa conexión permanente con el entorno. Para no morir de sed, necesitamos el agua que proviene de ríos, lagos y lluvias; para respirar y mantenernos con vida, dependemos del aire y de la atmósfera que nos rodea; y para alimentarnos, dependemos de los suelos —la Pachamama—, que hacen posible la producción de vegetales, la crianza de animales y la obtención de minerales.

En otras palabras, nuestra existencia está profundamente ligada a los recursos naturales y a las materias primas que la Tierra nos proporciona. Gracias a ellos obtenemos alimentos, energía, materiales y numerosos bienes indispensables para satisfacer las necesidades humanas y sostener el desarrollo de las sociedades.

Ya sea que vivamos en el cosmos rural, urbano, en un espacio de múltiples culturas o en un ambiente intercultural, cuando observamos las principales actividades económicas de una región, país o continente, descubrimos que estas no surgen por casualidad, sino que detrás de cada producto elaborado, de cada servicio prestado y de cada forma de generar riqueza existe una estrecha relación, en primer lugar, con el entorno geográfico, es decir, con sus recursos naturales o materias primas; en segundo lugar, con la herencia cultural (conocimientos, valores, tradiciones y costumbres) y la historia (hechos, fenómenos y acontecimientos); y, en tercer lugar, con el nivel de educación (enseñanza-aprendizaje) y de autoformación teórico-práctica (investigación y preparación) de las familias, comunidades y grupos humanos, organizados en distintos bloques culturales, sociales y religiosos, quienes han construido, a lo largo del tiempo, formas particulares de producir, intercambiar y consumir bienes y servicios para satisfacer las demandas de la vida.

Así se explica por qué somos, al mismo tiempo, tan diferentes y tan semejantes. Diferentes porque cada generación hereda experiencias históricas, sociales y geográficas que moldean su visión del mundo. Semejantes porque, más allá de nuestras diferencias culturales, económicas, ideológicas o religiosas, compartimos una misma condición humana y enfrentamos necesidades fundamentales a las que ninguna persona puede renunciar.

Estas necesidades universales, presentes en todos los tiempos y lugares, son las que denominamos Necesidades Inevitables o Ineludibles de la Naturaleza Humana (N.I.N.H.).

En un mundo cada vez más interconectado, comprender esta realidad puede ayudarnos a construir sociedades más conscientes, solidarias y sostenibles, capaces de respetar las diferencias sin olvidar que todos formamos parte de una misma familia humana dentro del gran Cosmos Global. En este contexto, la diversidad nos distingue, pero las Necesidades Universales de la Naturaleza Humana (N.U.N.H.) nos hacen comprender que todos compartimos una condición frágil, que necesitamos unos de otros y que dependemos directamente de la naturaleza (RR. NN. o materias primas) de nuestro entorno rural y urbano, así como de los productos y servicios provenientes de otras regiones, continentes, geoculturas y grandes bloques culturales que conforman la superficie del planeta.

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